La noche que por primera vez vi a Iron Maiden en Lima
El sábado 17 de octubre del 2026 fue la primera vez que realmente vi a Iron Maiden en Lima.
No me malentiendan, estuve en la zona Trooper del Estadio Nacional el 26 de marzo del 2009, también estuve presente en el estadio de San Marcos el de marzo del 2011 en el campo A.
Las tres veces estuve en primera fila para disfrutar en vivo de la música de la banda más devastadora de la NWOBHM. Desde colegio las cintas de Iron Maiden estuvieron siempre presentes en mi colección de música, siempre en el estante con Eddie en sus diferentes actitudes vigilando desde la pared el mosh pit que se armaba en la reunión de Octavos de todas las tardes.
Sonaban eternamente The Trooper, Fear of the Dark, Iron Maiden, Running Free, Phantom of the Opera entre los temas selectos de aquellas tertulias que se extendían hasta a veces entrada la madrugada. Y no era posible omitir el himno de cada sábado por la noche: Hallowed be thy Name era por excelencia, la canción que resonaba en Amargura para deleite de los vecinos y los curas del colegio.
Cuando llegó la primera vez a Lima la fecha coincidió con mi cumpleaños, mayor regalo no podía tener hasta entonces. Incluso cuando Ayar me dijo si iba a Maiden el 26 de marzo a Lima pensé que bromeaba hasta que lo vi publicado oficialmente en los periódicos.
Iron Maiden siempre estuvo presente en cada etapa de mi vida, y cada momento tuvo también su propio estilo marcado por un disco, quizás hasta el No Prayer for the Dying no haya estado en sintonía con las fechas de lanzamientos porque claro, Iron Maiden el disco nombre de la banda fue lanzado en 1980, el año que nací. Pero a partir de No Prayer y los acordes de Mother Russia, Run Silent Run Deep, Bring your Daughter… To the Slaughter.
Hasta los temazos del Fear of the Dark, cada año esperaba un nuevo lanzamiento, llegó como un baldazo de agua fría la salida de Bruce y la llegada de Blaze con X Factor y el Virtual XI, y luego con mayor felicidad se recibió la noticia no sólo del regreso de Dickinson sino que venía acompañado de Adrian Smith y su contundente producción a tres hachas con Brave New World el año 2000.
Es así que en el segundo concierto, mientras descargaban Wasted Years, internalizaba el anhelo de compartir ese momento con mis hijos algún día.
Es así que este tercer concierto de Iron Maiden en Lima, estaba más que decidido que sería un evento familiar: esposa e hijos, adolescentes ya, aunque un poco pequeños todavía para llevarlos al pogo del campo A (quería animarlos a seguir asistiendo a conciertos, no bautizarlos en un Mosh Pit brutal como los que Maiden sabe organizar en campo A y B)
Así que este año todos fuimos a la tribuna de Oriente. Un sitio bastante cercano para ver el espectáculo, la pirotecnia y todo el escenario, así como para tener una visión panorámica de la euforia de los demás campos en cancha “Ave Harris, morituri te salutant”.
A la hora pactada, arrancaron las primeras notas de Doctor Doctor de UFO al fondo, preparando al público para la descarga de miles de voltios y decibeles que se venía encima desde Inglaterra.
La instrumental Ides of March dio pie a Murders in the Rue Morgue, los temas del álbum Killers, que se encontraban a décadas de distancia sonaban más vigentes que nunca, con la fuerza de Dickinson pero con la nostalgia de Di’Anno, quien partió hace un par de años al Valhalla de los dioses del Heavy Metal.
Dickinson y compañía desplegó Wrathchild como una convocatoria a un desenfreno musical que todavía tenía mucho por compartir en la velada. Killers y Phantom of The Opera marcaban un sello de la primera época de Maiden con Di’Anno pero en la vena más potente de la agrupación más exitosa de los británicos con Bruce a la cabeza.
La letanía de The Number of the Beast anunciaba los temas que trajeron el cambio y nuevos aires, si bien el tema fue del último álbum donde participó el batería Clive Burr, es una de las piezas más celebradas del sexteto de los londinenses del East End.
Fue Nicko Mc Brain, cuya presencia todavía se extraña, quién machacó los parches con maestría y contudencia de boxeador en los álbumes que vendrían a partir del Piece of Mind. Sin embargo, esta noche, su reemplazo Simon Dawson, tendría que demostrar que estaba a la altura de los hechos, y así fue. Iron Maiden funcionó como un mecanismo de relojería aceitado, como si la máquina jamás se hubiera detenido desde 1980 hasta esta noche de octubre del año 2026.
Infinite Dreams, Powerslave (con la consabida máscara de la maldición faraónica), 2 Minutes to Midnight, tremendo tema que lamentablemente no pierde vigencia ante la brutal realidad mundial.
De rato en rato pego un vistazo a ver cómo la familia recibe toda esta información sonora y visual que significa un concierto de los británicos y me regocija encontrarme con una acogida en la vena musical familiar.
Así que no sólo la música sino también el despliegue de los vídeos y el vestuario de Bruce que acompaña la historia del albatros en The Rime of the Ancient Mariner es algo que conmueve, sobre todo al comprender que Steve Harris le sigue dando vigencia a Coleridge a través de su poema hecho música 186 años después. Iron Maiden no tiene temas vacíos.
La hilarante Run to the Hills dio pie luego a Seventh Son of a Seventh Son, antes de llegar al final de la primera parte empezando con el ya demoledor The Trooper donde junto a la bandera de Inglaterra Bruce ondeó la bandera peruana en homenaje al público local.
No podemos dejar de mencionar que entre canción y canción Bruce Dickinson alentaba a la audiencia por la convocatoria que la banda siempre ha tenido en nuestro país, mencionando a Lima e incluso Machu Picchu, aunque la realidad reflejaba que fanáticos de otros países también se hallaban presentes esta noche.
Gran momento personal cuando Iron Maiden ejecutó Hallowed be thy Name aquel tema que tantos sábados había resonado en las gradas de Amargura entre las tertulias del colegio y universitarias, vibraba en toda la potencia vocal de Dickinson, y la sonoridad armónica de Adrian Smith, Janick Gers y el eterno Dave Murray.
El tema título de la banda: Iron Maiden, cerraba lo que sería el bloque más demoledor del concierto. El público coreó hasta más no poder cada estrofa y coro de cada uno de los temas que el sexteto de Steve Harris ejecutaba como homenaje al 50º aniversario de la banda.
Luego de una pequeña pausa y resonando todavía en nuestros cerebros lo que Dickinson volvía a prometer: Que volverán a ver Perú.
Comienza el ansiado Encore:
El discurso de Winston Churchill para animar a la población británica a resistir los bombardeos nazis durante la Segunda Guerra Mundial, precede a los esperados riffs de Aces High, magnífico ataque musical del álbum Powerslave.
El esperado Fear of the Dark no se hace esperar y todo el Estadio Nacional comienza a corear el estribillo, que luego de la parte melódica, medio Lima se puso a temblar con 10 puntos en la escala de Riffter. Iron Maiden está aquí, esta noche y los fanáticos peruanos jamás lo van a olvidar.
Eddie se comportó a la altura de los hechos, salió al escenario listo para degollar a Janick Gers quien con sus ya conocidos pasos de baile se lució en el escenario toda la noche balanceando su guitarra alrededor del cuello sujeta sólo por la correa y girando sobre sí mismo sin perder la cadencia y estando siempre en tiempo con toda la banda.
Eddie the Head posiblemente se hizo más que notar al aparecer en pantalla completa observando a todo el público en perfecta sincronización con las luces del escenario que daban la impresión que salía de formar tridimensional, esto sumando al espectáculo pirotécnico de la banda brindaron al público asistente un evento incomparable y difícil de igualar.
Así llegamos a la canción final de la noche: Wasted Years.
Trajo a mi memoria los recuerdos de aquel concierto de marzo del 2011, año que nació mi primera hija. Y aquel año que pensaba si alguna vez podría compartir este momento y este lugar con ella. Disfrutando de esta música, esta pasión y este sentir que sólo el heavy metal puede brindar, momentos de desfogue, de contemplación, de catarsis, de arte y emoción.
Y así fue. 15 años después estaba con mi esposa y mis tres hijos en una tribuna de oriente observando a la banda de mi adolescencia y época de colegio. De aquellos maravillosos, complicados y lo que pensaba aquel entonces, interminables décadas de 1980 y 1990.
En pleno siglo XXI Iron Maiden tocaba delante de nosotros y revivía aquellos momentos de aventuras y momentos de estudio, ocio y energía emocional. Estaba aquí, ahora y esta noche con mis hijos escuchando la potencia vocal de Bruce Dickinson y toda su pandilla haciendo de las suyas en una velada limeña que espero que también recuerden alguna vez que 15 años definitivamente no son tiempos perdidos.
“I close my eyes
And I think of home
Another city goes by
In the night
And it's funny how it is
You never miss it till it's gone away
And my heart is lying there
And it will be till the day I die.”
Sino que los tiempos que vivimos son realmente los tiempos dorados. Carpe Diem.
¿Te sigues preguntando entonces por qué es la primera vez que realmente vi a Iron Maiden? Pues porque tengo astigmatismo y algo de miopía y sin lentes veo todo borroso, los dos primeros conciertos tuve las gafas en la mano porque en Campo A el pogo no perdona.
Esta noche, lejos del mosh pit, fue la primera vez que me las puse y pude verlos claramente. Pero fue realmente la tercera vez que disfruté, gocé y vacilé con los memorables riffs de Iron Maiden.


































