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jueves, 15 de octubre de 2009

Ana y el piano

Transcurría la década de 1930...

y ella tenía apenas cinco años, sin embargo recordaba el sonoro mueble que habitaba la casa. La pianista era su madre, Lucila Lozano-Álvarez Monzón, y el piano fue heredado de sus padres Prudencio y Rosario quienes lo mantuvieron en la Casa Grande de Checacupe y luego lo mudarían a la Hacienda Chuquicahuana.

Transcurría la década de 1930 y la tía Ana recuerda cómo el piano, dejó la casa...

Más de 70 años después lo vuelve a contemplar, durmiendo, en una esquina del Club Cusco.


La tía Ana Cagigao y mi madre sonríen con el viejo Rogers Eungblut.

martes, 14 de julio de 2009

Antaccacca, el lugar azul.

Mi abuelo materno, Don Alejandrino Lozano-Álvarez Monzón, se encontraba en los Estados Unidos de Norteamérica estudiando mecánica automotriz cuando perdió a su madre. Motivo que le obliga a retornar nuevamente a Perú. Una vez aquí, luego de varias peripecias recupera una de las haciendas del haber paterno, Antaccacca, (Roca Azul) llamada así por la existencia de antimonio en estas tierras. Se dice que esta propiedad habría pertenecido al Brigadier Mateo Pumaccahua, quien de acuerdo a la tradición local habría sido capturado aquí. Ya en manos de Don Prudencio Lozano-Álvarez Caro y Pinto Álvarez y Doña Rosario Monzón Jáuregui, con sus 12000 héctareas era por largo una de las haciendas más pequeñas de la decena que por entonces poseían. Ya este año, 2009, en Registros Públicos se consideraba a los Álvarez, los más grandes terratenientes de la provincia de Canchis de aquella época.

Don Alejandrino Lozano-Álvarez Monzón
Los Angeles, 1928
(Contessa, Sonnar f 4.5)
-Él fue mi primer profesor de fotografía.-

Fruto del esfuerzo, dedicación, cariño y trabajo; don Alejandrino se erige, desde esta región en uno de los criadores de alpacas y ovinos más prolíficos del sur andino. Proveedor de Michell y Cía. llega incluso a perder durante cierto tiempo la reputación de criador al gastarle una broma a un petulante experto de dicha compañía, quien al elogiar los finos atributos del ¡pelo de perro! como la más fina lana de alpaca que había visto en su vida... le costó a uno "los aires" y a don Alejandrino el regular ingreso de la venta de lana.

Como producto de años de investigación sobre control genético, don Alejandrino consigue alcanzar el estándar de lana blanca de alpaca en todos los hatos de su propiedad. Asimismo importó ganado ovino como el merino australiano, merino argentino, corridale, etc. En pequeñas cantidades también poseyó animales suffolk (cara negra).

En cuanto a ganado vacuno crió el West Highland.

Lana de oveja.
Fotografía: Alejandrino Lozano-Álvarez Monzón


Don Alejandrino Lozano-Álvarez y campeón lanar.
Trofeo Ministro de Agricultura.
VI Exposición regional de ganadería de Melgar.
Ayaviri-1955



Ejemplar ovino de la Hda. Antaccacca


Alpacas de la Hda. Antaccacca.


Alpacas - Hda. Antaccacca.


Alpacas - Hda. Antaccacca.


Década del 70, el General Juan Velasco Alvarado y su improvisada Reforma Agraria, traen abajo la industria nacional, y con ella cae también la Hda. Antaccacca. Transformada luego en la SAIS Maranganí, se convierte finalmente en comunidad; actualmente se puede visitar los baños termales de la zona, y su pequeño volcán de dos metros de alto. El ichu cubre la pampa con su generoso color amarillo y el viento de la puna adormece el grito de la sierra que forma las quebradas y germina los valles. El campesino vive apaciblemente contemplativo sin ningún afán de dominar la tierra. El antimonio escapó hace tiempo de las minas, pero el hierro aún tiñe de rojo el suelo y las aguas del reducto ubicado a 4000+ msnm de quien alguna vez Tamayo Herrera bautizó como "El rey del ganado".


Hda. Antaccacca luego de la nevada.
(a mano izquierda la capilla, el prolongado techo del galpón, la casa nueva a mano derecha)
Fotografía: Alejandrino Lozano-Álvarez


La casa nueva de la Hda. Antaccacca.
Fotografía: Alejandrino Lozano-Álvarez


La casa nueva y tractor International, Hda. Antaccacca.
Fotografía: Alejandrino Lozano-Álvarez

(Todas las fotografías pertecen al archivo Luis H. Figueroa)
- © Prohibida su reproducción-





La casa "nueva" treinta años después.


El comedor de la casa antigua en total abandono.


El patio de la casa antigua, al centro el pedestal del antiguo reloj de sol, cerca a él una piedra con restos fósiles ha sido completamente cubierta por cemento.


La capilla del caserío,las campanas han enmudecido.

-Los bonos de la Reforma Agraria, nunca fueron cobrados.-

domingo, 25 de enero de 2009

De tu rostro, ni cenizas quedarán.

Cuando voy a Lima, imagino aquellas casonas enormes como gigantescos cadáveres donde las personas que entran y salen son gusanos que carcomen sus esqueléticos cuerpos, desvencijados dinteles y sus ventanas cual cuencas vacías, en ese cielo gris, panza de burro, los buitres colaboran a solidificar este panorama de tugurio metropolitano, frívolo, vacío, sin sentido...

Es cuando resuena en mis oídos aquella frase: "Una Lima que se va", y de hecho, ya se fue. No pensé jamás que en tan poco tiempo, lo que era una pequeña ciudad, acogedora y tranquila como Cusco iba a comenzar a seguir ese deplorable destino. La industria turística sobrepasa ya lo que este valle puede aguantar, cada vez hay menos agua, hay más demanda de servicios innecesarios que producen excesivos desechos diarios, el cielo azul va dejando de serlo, el sonido de las bocinas y los ticos en todas las calles plagan los distritos como gusanos sobre un cadáver fresco.

La calle Ruinas era un sitio muy agradable para pasear por las mañanas, los sábados, o los domingos; había una panadería, que ciertamente nuestro amigo Gabriel Rozas podría facilitarnos el nombre, donde colgaban dos enormes fotografías en blanco y negro de la Plaza de Armas de Cusco y otra de Machupicchu, vendían sabrosas empanadas y panes de yema y dulces; a media cuadra existía otro negocio donde uno podía tomar jugo de naranja recién prensada... pasos más allá: galletas en costales, aquellas que tanto me gustaban, las de gengibre que ahora no es posible encontrarlas, y en sus rechonchos frascos las nacaradas cocadas, queso fresco, el olor a café molido, a chocolate, a pueblo serrano de aire puro y silencio casi absoluto. El alumbrado público era blanco, las calles tenían más adoquines que cemento, existían más librerías (donde se vendían libros) que cabinas de internet, por cierto, ¿vieron que la librería La Estrella en calle Plateros ya no existe?.

Todavía recuerdo las carretillas con los techos plásticos azules, las monedas de 100 intis circulando, el sabor de Muss de chocolate con la clásica cucharita plástica, los ácidos del Tigre...

Las bicicletas Goliat, los microbuses plomos, rojos, verdes...

Y hace unos cuantos días la cadena hotelera Marriott puso la primera piedra de su edificación en la casa de mis bisabuelos, y francamente, siento que un pedazo de la historia de mi familia se ha venido abajo, y yace debajo de aquella afrentosa piedra. No quisiera decirlo, pero este francamente, es un Cuzco que se nos va.