domingo, 25 de enero de 2009

De tu rostro, ni cenizas quedarán.

Cuando voy a Lima, imagino aquellas casonas enormes como gigantescos cadáveres donde las personas que entran y salen son gusanos que carcomen sus esqueléticos cuerpos, desvencijados dinteles y sus ventanas cual cuencas vacías, en ese cielo gris, panza de burro, los buitres colaboran a solidificar este panorama de tugurio metropolitano, frívolo, vacío, sin sentido...

Es cuando resuena en mis oídos aquella frase: "Una Lima que se va", y de hecho, ya se fue. No pensé jamás que en tan poco tiempo, lo que era una pequeña ciudad, acogedora y tranquila como Cusco iba a comenzar a seguir ese deplorable destino. La industria turística sobrepasa ya lo que este valle puede aguantar, cada vez hay menos agua, hay más demanda de servicios innecesarios que producen excesivos desechos diarios, el cielo azul va dejando de serlo, el sonido de las bocinas y los ticos en todas las calles plagan los distritos como gusanos sobre un cadáver fresco.

La calle Ruinas era un sitio muy agradable para pasear por las mañanas, los sábados, o los domingos; había una panadería, que ciertamente nuestro amigo Gabriel Rozas podría facilitarnos el nombre, donde colgaban dos enormes fotografías en blanco y negro de la Plaza de Armas de Cusco y otra de Machupicchu, vendían sabrosas empanadas y panes de yema y dulces; a media cuadra existía otro negocio donde uno podía tomar jugo de naranja recién prensada... pasos más allá: galletas en costales, aquellas que tanto me gustaban, las de gengibre que ahora no es posible encontrarlas, y en sus rechonchos frascos las nacaradas cocadas, queso fresco, el olor a café molido, a chocolate, a pueblo serrano de aire puro y silencio casi absoluto. El alumbrado público era blanco, las calles tenían más adoquines que cemento, existían más librerías (donde se vendían libros) que cabinas de internet, por cierto, ¿vieron que la librería La Estrella en calle Plateros ya no existe?.

Todavía recuerdo las carretillas con los techos plásticos azules, las monedas de 100 intis circulando, el sabor de Muss de chocolate con la clásica cucharita plástica, los ácidos del Tigre...

Las bicicletas Goliat, los microbuses plomos, rojos, verdes...

Y hace unos cuantos días la cadena hotelera Marriott puso la primera piedra de su edificación en la casa de mis bisabuelos, y francamente, siento que un pedazo de la historia de mi familia se ha venido abajo, y yace debajo de aquella afrentosa piedra. No quisiera decirlo, pero este francamente, es un Cuzco que se nos va.


2 comentarios:

maria dijo...

Lagrimas sólo pueden brotar al escuchar su comentario, es triste pero cierto.

Pues arrojaron como desmonte nuestro pasado, nuestras raices, nuestra identidad, sin respeto alguno hicieron un festín con nuestro monumento declarado Patrimonio Cultural de la Nación, ahora sólo quedan recuerdos y un gran pesar.

Pero lo peor no queda allí, sino que ahora se van contra nuestro patrimonio intangible, es decir los únicos valientes que salieron a denunciar en un acto heróico nuestros vecinos ahora son víctimas de las represalias de una mafia enquistada y sentada en las bases de las instancias que debieran defender nuestro patrimonio y que gracias a ellos sólo nos queda guardas las cenizas como Usted bien llama a lo poco que va quedando de nuestro hermozo Centro Histórico.

Carlos A. Quiroz dijo...

Muchas gracias por escribir esto.

Si puedieras compartir fotos de la destruccion realizada, o hacer un video me gustaria que me contactaras. He notificado a Marriott aqui en EEUU. Por favor lee esto que he escrito:

http://peruanista.blogspot.com/2009/12/destruyen-patrimonio-historico-en-cusco.html

Mi email es peruanista.org@gmail.com